
Capítulo VII
Antonio González emprendió una campaña desangelada. En su primer discurso trató de engañar a todos. Sólo tengo 50 mil pesos y un Volkswagen, le dijo a quienes acudieron a su registro mientras eso gastaba al mes por tener a su hija estudiando fuera.
Sin escrúpulos, Antonio la emprendió contra todos. Torpe y sin tacto político, su campaña nunca despegó. Cada vez que hablaba el escenario no respondía, se veían a la cara como preguntándose de qué hablaba el tipo.
La realidad era muy clara: Antonio no despegaba. El gobierno del Estado hizo gala de todos sus recursos y entró a apoyarlo. Dinero, funcionarios, todo el aparato de gobierno operando para hacer ganar a un perdedor.
Y Layda seguía creciendo. De poco servían los recorridos, de poco los discursos huecos.
González Curi trataba de agradar. No podía. Su hermano operaba: llamaba a los amigos, jalaba a sus cómplices, sabía que él sería el poder tras el trono, que él haría los negocios, que él se haría muy rico, cada vez más.
La campaña seguía. Layda lograba atraer más gente. López Obrador llegaba de apoyo, Alvaro Arceo renunciaba al PRI para seguirla, él le coordinaba la campaña y aspiraba ser diputado federal.
Las renuncias al PRI se sucedían. El “Negro” Sansores operaba desde su casa mientras desde el DF llegó la orden: Layda no podía ganar, pero Tony, el 100 por ciento campechano, la traía toda en contra. La gente no lo apoyaba, su mal genio le ganaba la pasada, se exaltaba, gritaba.
Layda también hacía de las suyas y, como le enseñaron repartía dinero, despensas, lavadoras, refrigeradores, todo lo que el PRI corporativo sabía hacer, pero ahora en el PRD.
La mujer era astuta. Compraba reporteros, “centaveaba” a los directores y lograba comprar voluntades. La gente estaba harta del PRI y era el inicio de una debacle.
La jornada electoral fue catastrófica. Layda logró 94 mil votos suyos, contados en las urnasa, González Curi perdió los comicios, pero no lo dejarían caer y el sistema operó mientras Tribuna traicionaba a Layda y se rendía ante los millones que tanto le negaron. Después de todo, sólo era un asunto de dinero.
Impuesto por el PRI, González Curi no podía legitimarse. Layda se enardecía, las protestas comenzarían y todos le recordaría su realidad: nunca fue legítimo, pero la historia de su imposición no terminó con sus comicios amañados y por eso se vengó de los campechanos a los que despojó de todo cuanto pudo, pero los detalles más adelante.

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